El Bicentenario de la oficialización de la Bandera Nacional

 

juan pi      Por Juan Pablo Thames Bustos

 

“El Redactor del Congreso” era el periódico que publicaba las reseñas de lo que se debatía en el Congreso de Tucumán, y que remitía, desde el propio recinto de sesiones del cuerpo, el diputado por Buenos Aires, Fray Cayetano Rodríguez. Los manuscritos de Fray Cayetano servían de base a lo que luego se editaba e imprimía en la Capital, primero en la Imprenta de Niños Expósitos y luego en la de Gandarillas y Socios. A partir de allí, los ejemplares impresos se distribuían a todo el país. Fue uno de los antecedentes más concretos de la aplicación del principio republicano de publicidad de los actos de gobierno en nuestro país.
De su lectura, los ciudadanos podían estar informados de los temas que trataban sus representantes reunidos en Tucumán. En su publicación N° 10, correspondiente al día 3 de Octubre de 1816, este diario daba cuenta que, en su sesión del 20 de Julio de 1816, “El señor diputado Gazcón hizo presente sería muy oportuno que entretanto se publicaba por la prensa el competente numero de exemplares del manifiesto, acta y fórmula del juramento de independencia y que deben esparcirse por todos los pueblos del continente americano, se circulasen por el correo inmediato á los gobiernos y municipalidades de los que se hallan libres del enemigo, incluso el Paraguay y Banda – Oriental, copias de la acta y fórmula como el sello respectivo. Pidió así mismo se autorizase por un decreto la bandera menor del país, azul y blanca, que actualmente se usa; sin perjuicio de acordarse después la bandera grande nacional, según la forma de gobierno que se adoptase, cuyo decreto pidió también se circulase. Quedó resuelto por uniforme acuerdo”.
Esteban Agustín Gascón era un abogado altoperuano de cincuenta y dos años de edad (había cumplido años el mismo día en que, con sus pares, declaró la Independencia Argentina). Fue funcionario real en el Alto Perú. Se graduó de la Universidad de Charcas, y participó de la Revolución de Chuquisaca el 25 de Mayo de 1809. Fracasada ésta, fue encarcelado por los realistas. Liberado por Juan José Castelli, luego de la Batalla de Suipacha, fue designado funcionario, en el Alto Perú, por los revolucionarios. Luego del desastre de Huaqui, se vio obligado a emigrar de su tierra, siguiendo al derrotado Ejército del Norte.
Luchó luego bajo las órdenes de Belgrano en la Batalla de Salta, en Febrero de 1813; y sintió pronto una gran afinidad hacia el Creador de la Bandera. En efecto, ambos eran contemporáneos, abogados, y se habían visto obligados a tomar las armas, obligados por las circunstancias apremiantes en que se encontraban. En Salta, Gascón vió flamear la enseña albiceleste, que se alzó, victoriosa, por primera vez, en el campo de batalla.
Después de Ayohúma, bajó a servir en el ejército que sitiaba a Montevideo. Tomada esta plaza, fue alcalde del Cabildo de Montevideo. Cuando las fuerzas patrias abandonaron la capital oriental, a principios de 1815, Gascón regresó a Buenos Aires; para ser designado miembro de la Junta de Observación; el organismo que el Cabildo de Buenos Aires constituyó en reemplazo de la disuelta Asamblea del Año XIII; a raíz de la caída del director Carlos de Alvear.
Fue la Junta de Observación quien emitió el Reglamento Provisional de 1815, que en su art. 30 ordenaba al Director Supremo Interino, el Cnel. Ignacio Alvarez Thomas: “luego que se posesione del mando, invitará, con particular esmero y eficacia, a todas las ciudades y villas de las provincias interiores para el pronto nombramiento de diputados que haya de formar la Constitución, los cuales deberán reunirse en la ciudad de Tucumán”.
Es decir, el propio Gascón fue uno de los responsables de que el Congreso de 1816 se convocara en San Miguel de Tucumán. Siendo miembro de la Junta de Observación, fue electo diputado al mismo Congreso que él había contribuido a convocar; pero representando a Buenos Aires. Los porteños no tuvieron ningún prurito en elegir a un altoperuano para que los representara en el Congreso que habría de declarar la Independencia.
En Tucumán, Gascón se reencontraría con su antiguo amigo y colega, el Gral. Manuel Belgrano. En tal carácter, y en sintonía con el Creador de la Bandera, fue un firme impulsor de la idea de declararnos independientes.
En la sesión del 20 de Julio de 1816, ante la ansiedad y gran expectativa que había provocado la noticia de la Declaración de la Independencia, Gascón propuso, en el Congreso, que hasta tanto se les remitiera a todas las provincias, desde la Capital, las ediciones impresas del Acta de la Declaración de la Independencia, que se habían ordenado editar, sería conveniente circularizar a todas (incluso a la Banda Oriental y al Paraguay, segregadas de hecho de las Provincias Unidas) copias certificadas de la misma, así como de la Fórmula del Juramento de la Independencia, ordenadas por el Congreso. Fue así que, aprobada esta moción, el diputado secretario (y abogado altoperuano como él), José Mariano Serrano, se encargó de transcribir el texto de dichos documentos a mano, en varios ejemplares, que luego certificó con su firma y remitió a las distintas provincias.
Así fue cómo hoy varias provincias cuentan en sus archivos históricos con estos preciosos instrumentos, emanados del Congreso de Tucumán, que son verdaderas copias certificadas del Acta de la Declaración de la Independencia Argentina. Estas copias fieles adquieren hoy un mayor valor y una relevancia significativa, al haberse extraviado el acta original, donde los veintinueve diputados estamparon sus firmas, dando nacimiento a una nueva nación.
Siendo un puntilloso abogado, Gascón (tal vez influido por el mismo Belgrano, a quien registramos en Tucumán en la época), advirtió que, en la práctica, todo el mundo utilizaba la Bandera celeste y blanca; sin existir ningún instrumento legal que la autorizara como insignia oficial. En efecto, hasta ese momento, todos los demás símbolos patrios tenían un instrumento legal que les daba aprobación oficial: el primero de ellos fue la Escarapela, aprobada por el Primer Triunvirato, ante una propuesta de Manuel Belgrano, en Febrero de 1812. El Escudo Nacional había sido aprobado por la Asamblea del Año XIII, como sello de ese cuerpo y del Poder Ejecutivo, a principios de 1813. El Himno Nacional (entonces llamado Marcha Patriótica) fue también aprobado por la Asamblea el 11 de Mayo de ese mismo año. Sin embargo, la enseña creada por Belgrano se venía utilizando y tolerando, de hecho, sin una norma que le diera aprobación universal.
Declarada la Independencia, razonaba Gascón, ya no existía motivo alguno para disimular su expandido uso y apego en los corazones de los rioplatenses. Correspondía que el mismo cuerpo que había declarado la Independencia, a los pocos días, hiciera esta reparación histórica a la creación de Belgrano, en presencia del mismo mentor del emblema patrio y “Pidió así mismo se autorizase por un decreto la bandera menor del país, azul y blanca, que actualmente se usa; sin perjuicio de acordarse después la bandera grande nacional, según la forma de gobierno que se adoptase, cuyo decreto pidió también se circulase. Quedó resuelto por uniforme acuerdo”.
De este modo, sin pompa alguna, y casi de entrecasa, se aprobaba que la insignia que encabezaba a nuestros ejércitos e identificaba a nuestras flotas, por las cuales cientos de compatriotas habían dado su sangre, se convirtiera en el símbolo oficial (“bandera menor”) de la naciente nación.
Se entendía por “Bandera Menor”, aquella de uso civil, sin contar con las armas de la Nación que representaba. En efecto, en esos momentos el Congreso se encontraba abocado a debatir sobre la forma de gobierno a adoptar. En consecuencia, se cuidaban muy bien de no colocar escudo alguno en la Bandera hasta tanto no se definiera si irían allí las armas de algún monarca; ya que, para entonces, la propuesta que tenía mayor número de adeptos, en el Congreso, era la de implantar en el Plata una monarquía constitucional, según los consejos que había dado el propio Belgrano días atrás, en una reunión secreta del Congreso. Es por eso que Gascón se cuidó de introducirse en un tema encrespado; y prefirió que se aprobara en el carácter de “bandera menor del país, azul y blanca, que actualmente se usa; sin perjuicio de acordarse después la bandera grande nacional, según la forma de gobierno que se adoptase”.
El buen tino y los argumentos esbozados por este diputado altoperuano convencieron a todos sus pares; quienes aprobaron su moción por unanimidad (“Quedó resuelto por uniforme acuerdo”, diría el Redactor del Congreso).
Sin embargo, no fue hasta cinco días después que el Congreso efectivizó la moción propuesta por Gascón y aprobó el siguiente “decreto”, que daba los fundamentos formales a la decisión adoptada el 20 de Julio: “Elevadas las provincias Unidas en Sud América al rango de una nación, después de la declaratoria solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca de que se ha usado hasta el presente, y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los ejércitos, buques y fortalezas, en clase de bandera menor, ínterin, decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente al territorio, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la bandera nacional mayor. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación. (Firmado): Francisco Narciso de Laprida, diputado presidente. Juan José Paso, diputado secretario.” Sesión del 25 de julio de 1816.
Los argentinos tendríamos que esperar recién hasta el 25 de Enero de 1818 para que el mismo Congreso (que ya sesionaba en Buenos Aires) aprobara la “Bandera Mayor” o “de Guerra”, con la inclusión del “Sol de Mayo” en el medio de la franja central blanca de nuestra insignia, que nos distingue hasta hoy entre las demás naciones del globo.

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Tu opinión cuenta

comentarios